La danza oriental —lo que en Occidente se popularizó como «danza del vientre»— es una de las danzas más antiguas y, a la vez, más malentendidas del mundo. Su historia no es una línea recta, sino la confluencia de muchos pueblos, siglos y culturas.
Sus raíces se hunden, muy probablemente, en las danzas de celebración de la vida de las primeras sociedades agrícolas, que veneraban lo femenino como fuente de fertilidad. A través de los movimientos de pelvis y vientre, las mujeres celebraban el poder de generar vida.
Conviene decirlo con rigor: esa continuidad milenaria es una hipótesis razonable, no un hecho documentado paso a paso. Y no hablamos de un «matriarcado», sino de lo que la pensadora Riane Eisler llamó sociedades de colaboración —no de dominación—, donde lo femenino todavía no estaba subordinado. Desde ahí, la danza fue evolucionando durante milenios, absorbiendo el folclore de los pueblos de Oriente Próximo y Medio, la aportación decisiva del pueblo romaní y, ya en el siglo XX, la danza clásica y contemporánea occidental.
Aquellas danzas en honor a lo sagrado femenino dejaron huella en las grandes civilizaciones de la Antigüedad, donde el cuerpo que danza seguía siendo una forma de oración.
En el Egipto faraónico la danza era parte esencial de la liturgia, en especial en el culto a Hathor, diosa de la música, la danza, el amor, la alegría y la fertilidad.
Sus sacerdotisas danzaban en los templos como forma de veneración: una de las danzas sagradas que están en el origen remoto de esta tradición (sin que podamos llamarla aún «danza del vientre»).
En Mesopotamia —la cuna de la civilización— se rendía culto a Ishtar (la Inanna sumeria), una de las divinidades más importantes: diosa del amor, la fertilidad y también la guerra. La danza formaba parte de los ritos en los templos erigidos en su honor.
Con la llegada de las religiones monoteístas, lo que había sido rito sagrado se volvió práctica profana. La danza sobrevivió de otra manera: transmitida de mujer a mujer —de abuelas a madres, a hijas y sobrinas—, aprendida mirando bailar a las mayores en las celebraciones.
En las sociedades patriarcales, la danza siguió el mismo destino que casi todo lo relacionado con lo femenino: quedó relegada a lo privado. De celebrar el «poder de lo femenino» pasó a ser «algo de mujeres», sin importancia pública. Las mujeres bailaban entre ellas y para ellas, por pura alegría de vivir.
Y cuando una mujer bailaba en lo público —en la calle, ante los hombres—, se la empujaba a los márgenes y se la marcaba con el estigma de la prostitución. Un mecanismo muy antiguo: castigar a la mujer que ocupa el espacio público con su cuerpo.
En Egipto, esas bailarinas profesionales y ambulantes fueron las Ghawazi, activas en los periodos otomano y colonial, con una fuerte raíz en los pueblos gitanos (dom/romaní) del Próximo Oriente.
En Turquía, su equivalente fueron las çengi, también de raíz romaní y moldeadas por la cultura otomana.
A menudo se dice que las Ghawazi llegaron desde el norte de la India; su origen exacto es objeto de debate, pero su estilo rural y directo —asentado sobre todo en el delta del Nilo, El Cairo y Alejandría— está en la base de la danza oriental que conocemos.
Ellas, como las mujeres de las clases populares, bailaban el raqs baladi («danza del pueblo»): una danza elemental, casi sin desplazamientos, con el peso en la pelvis y el vientre. Esa es la raíz de lo que en Occidente se llamaría «danza del vientre».
¿Y de dónde viene ese nombre? No de Oriente, sino de Occidente. «Danza del vientre» traduce el francés danse du ventre, una expresión que los viajeros y artistas franceses del siglo XIX usaron con una mirada orientalista (y profundamente patriarcal), y que se popularizó como belly dance en torno a la Exposición de Chicago de 1893.
Lo contamos en detalle en ¿Danza del vientre, danza árabe o danza oriental? →
A comienzos del siglo XX, el raqs baladi empezó a dar el salto del patio y la calle al escenario… y nació el raqs sharqi.
A comienzos del siglo XX, el raqs baladi dio el salto del patio y la calle al escenario. Surgió así el raqs sharqi («danza del Este» u «oriental»): la versión teatral y de cabaret que hoy identificamos con la danza oriental.
Una figura fue decisiva en ese proceso: Badia Masabni, que en los años veinte abrió en El Cairo un cabaret célebre (el Casino Opera), al que acudía público egipcio y extranjero. No lo «inventó» de la nada —fue la obra de muchas bailarinas y músicos—, pero sí le dio forma: tomó el raqs baladi y lo volvió más urbano, teatral y sofisticado.
Para ese escenario incorporó el uso del espacio, nuevos pasos, influencias de la danza occidental (como el ballet) y un vestuario glamuroso —el bedlah brillante— inspirado en el cine de Hollywood.
El raqs sharqi vivió su máximo esplendor en la llamada «Golden Era» (de finales de los años 30 a mediados de los 50), de la mano del auge del cine egipcio y de estrellas como Samia Gamal o Tahia Carioca. La gran pantalla convirtió a las bailarinas en iconos.
Pero el esplendor traía su reverso: aquella época coincidió con el reinado del impopular rey Faruk, y la danza quedó asociada a sus excesos a los ojos de una sociedad cada vez más crítica.
Tras la caída de la monarquía y el golpe de Nasser (1952), un nuevo conservadurismo y la censura cultural golpearon a las bailarinas. Desde entonces, la danza profesional en Egipto no ha dejado de retroceder: hoy, muchas de las intérpretes que actúan allí son extranjeras, y las bailarinas egipcias siguen siendo vulnerables a acusaciones de «inmoralidad».
Se ha perdido buena parte del repertorio clásico —el de la gran Oum Kalzum— frente a estilos más comerciales. Por eso, preservar y estudiar esta danza con rigor y con respeto no es nostalgia: es un acto de justicia con todas las mujeres que la sostuvieron.
Sus raíces se hunden, muy probablemente, en las danzas de celebración de la vida de las primeras sociedades agrícolas, que veneraban lo femenino como fuente de fertilidad. Después fue evolucionando durante milenios, absorbiendo el folclore de Oriente Próximo y Medio, la aportación decisiva del pueblo romaní y, en el siglo XX, la danza occidental. Esa continuidad milenaria es una hipótesis razonable, no un hecho documentado paso a paso.
El Antiguo Egipto, con el culto a la diosa Hathor, es una de las civilizaciones donde la danza tuvo un papel sagrado, pero no es su único origen. La danza oriental es la confluencia de muchos pueblos y culturas de Oriente Próximo, Oriente Medio y el norte de África, no la herencia directa de una sola.
Significa «danza del Este» u «oriental» en árabe. Es la versión de escenario de esta danza, que tomó forma en Egipto a comienzos del siglo XX —con Badia Masabni como figura clave—, frente al raqs baladi, la danza popular y social.
Del francés danse du ventre, de la mirada orientalista del siglo XIX, popularizado como belly dance hacia la Exposición de Chicago de 1893. Es un nombre acuñado desde Occidente; la historia de que lo inventaron los soldados de Napoleón en 1798 es más leyenda que dato documentado.
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